viernes, 14 de octubre de 2016

LAS FLORES SON TAN CONTRADICTORIAS


DÍGASELO CON FLORES
Su marido se había ido al laboratorio en el que trabajaba, aunque era domingo. No era sorprendente, a menudo él se refugiaba en su trabajo, no tenían gran cosa que decirse. Ella había renunciado a las grandes pasiones, se contentaba con cuidar su jardín y charlar con sus amigas. Él no, él penaba por un amor no correspondido, una compañera de trabajo joven e inconstante.

Y, sin embargo, aquella tarde de domingo ella sentía una desazón inusual. Al despedirse, había creído ver, en la mirada de su marido, una mayor frialdad que la acostumbrada. Pero desecho esta sensación y cuando el sol declinó, regó las plantas. Regar siempre la relajaba, al hacerlo, sentía que formaba parte del ciclo de la naturaleza, y todo parecía estar en su sitio

Anocheció y su marido no había vuelto. En ocasiones, enfrascado en su trabajo, se le iba el santo al cielo. Se acostó, tardó en conciliar el sueño, tenía la corazonada de que algo le había ocurrido a su marido. Por la mañana, al seguir sin noticias, la corazonada se transformó en sospecha fundamentada. Estaba a punto de telefonear a emergencias, cuando llamaron a la puerta, era un mensajero que le traía una corona de flores. Entonces tuvo la evidencia de que su marido se había suicidado.

Felipe Deucalion






LAS FLORES SON TAN CONTRADICTORIAS…

La Sra. Martí había salido a trabajar en su jardín, como venía haciendo cada día desde su prejubilación. Estaba creando una gardenia nueva para presentarla al concurso floral de la feria del pueblo. Su gardenia era exquisita, era de un color blanco entre rosado y amarillo, muy pálido. Sí estaba orgullosa de su logro, casi todas la gardenias del pueblo eran blancas, pero la suya tenía un toque de rosa y amarillo. Estaba segura de que ganaría el concurso.


Faltaba una semana para el concurso, y la Sra. Martí vigilaba y cuidaba con esmero cada día a su gardenia. Una mañana, cuando fue a la ventana que hacía las veces de invernadero, vio que su flor tenía unas motitas rojas.  Sobresaltada, lo primero que pensó era que su gardenia había cogido una plaga. Se dedicó a limpiar con sumo cuidado los pétalos con un algodoncito húmedo, y vio cómo esos puntitos se desvanecían y su planta lucía otra vez estupenda.



Por la tarde fue de nuevo a ver a su flor y los puntitos rojos habían vuelto a salir. Volvió a limpiar los pétalos con un algodón y volvieron a desaparecer. Así ocurrió cada día. Al tercer día, viendo que ya solo quedaban tres días para el concurso, se le ocurrió llamar a su sobrino Edgar, que le había ayudado con sus consejos a obtener tan deliciosa flor. Edgar que era jardinero, se acercó a casa de su tía a ver qué le ocurría a la planta. 

Estuvo observando sus pétalos y toda la planta y no supo decir qué eran esos puntitos rojos. Parecían como pequeñas esporas pegadas a la flor. No era ningún tipo de plaga que él conociera, ni siquiera mirándolos con lupa se parecía a arañas rojas ni a ninguna plaga conocida.



Edgar le dijo a su tía que no se preocupase que descubriría qué le pasaba a la flor.



Puso una cámara de grabar en el salón enfocando la ventana invernadero donde se hallaba la gardenia. Y la dejó encendida toda la noche.



A la mañana siguiente fue a buscar la grabación, y vio que la planta no tenía esta vez ningún puntito rojo.



Cuando vio la grabación se asombró de su descubrimiento. Vio a su tía cómo acariciaba la planta antes de irse a dormir, después de regarla, e incluso le daba las buenas noches. Por la mañana de madrugada, volvió a ver a su tía que se acercaba a la planta, la rociaba con un poso de agua y la acariciaba dándole los buenos días, como si se tratase de una madre a su hijita.



A la flor no volvió a salirle ninguna manchita. El día del concurso, la planta lucía espléndida y efectivamente la Sra. Martí ganó el primer premio.



A los dos días después del concurso, la Sra. Martí volvió a llamar a Edgar, para decirle que le habían vuelto a salir las manchitas a la flor.



Edgar revisó las grabaciones que tenía de esos días, y vio que su tía no se comportaba con la planta como antes, no la acariciaba, ni le hablaba.  Así que le preguntó a su tía si cuando salió la flor se dedicaba a acariciarla y a mimarla. Su tía algo avergonzada le confesó que sí, pero que luego dejó de hacerlo  porque le parecía irracional. Luego le confesó a su sobrino que cuando le vió las manchitas volvió a mimarla y acariciarla.



No me digas que…  Ayayay pillina!,

Sí le contestó Edgar, las flores son tan contradictorias como las personas.




Loli Ruiz







No hay comentarios:

Publicar un comentario